El placer del orgasmo ajeno

Supongo que este no es un relato erótico, es una advertencia y una propuesta. 

Ella estaba frente a la refrigeradora, estaba terminando de alistar las cosas que le gustaban a él, repasando la lista una y otra vez, asegurándose de que todo estuviera en el lugar correcto. Podía oír al final del pasillo como  otra putita sucia se ahoga en verga, como su saliva salía de la boca y bajaba por su cuerpo, y ya hasta reconocía los sonidos del final de la sesión, pero su boquita estaba vacía sin ser usada de esa manera.

Hace un par de horas mientras ella terminaba de preparar los postres las dos sumisas habían llegado, ella les tenía la ropa asignada listas, y mientras ellas se cambiaban ambas se acostaron el sillón, ella sabía bien lo que necesita hacer, se puso de rodillas y entrando entre las piernas de las sumisas se aseguró sus huequitos estuvieran preparados para él. 

Para cuando él llegó, las putitas estaban vestidas y mojaditas; un beso rápido para saludarla y luego de eso solo el placer de oír a las putitas gemir y disfrutar mientras ella desde lejos preparaba las cosas.

Sentía envidia y celos que parecían transformarse en algo más, al final todas las emociones son energía nada más.  Y esa energía la mantenía preparando cada detalle a la  perfección; se desbordaba con emociones cada vez que oía a la otras putitas venirse, cada vez que oía a los lejos el 1, 2… y el chasqueo de dedos.. cruzaba sus piernitas inconscientemente.

Se tomó un minuto y pensó en porque estaba ahí?; podía oír los pasos de él acercándose en el pasillo, pensó por un momento hace cuánto esperaba sentir su verga en sus huequitos, los pasos se acercaban, y sabía lo que venía: limpiar su verga de los jugos de las putitas que si habían disfrutado del placer de su verga, le tocaría hacerlo debajo de la mesa mientras él la cacheteaba y si tenía suerte le escupiría cuando terminara.

Se preguntó por qué hacerlo de nuevo, y en ese momento sonrió y sintió como sus líquidos de putita bajaban por sus muslos, era su placer ser su trapo, su objeto, su sirvienta, no ser más que placer para él, servicio y devoción.

Oyó la silla moverse, recogió su cabello, se volvió lo vio a los ojos sentado y listo, y con la más simple de las señas de él se puso de cuatro patas en el piso y se dirigió feliz debajo de la mesa. 

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